Ezequiel

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Ezequiel

ministró a su generación que estaba sumergida en el pecado y la desesperanza. Por medio de su ministerio profético, él intentó llevarlos al
arrepentimiento inmediato y a confiar en el distante futuro. Él pensaba que: Dios trabaja a través de mensajeros humanos; Aún en la derrota y
desesperación, el pueblo de Dios necesita afirmar la soberanía de Dios; La Palabra de Dios nunca falla; Dios está presente y puede ser adorado en
cualquier parte; La gente debe obedecer a Dios si espera recibir bendiciones; y El Reino de Dios vendrá.

 

CAPITULOS BIBLICOS DEL LIBRO DE EZEQUIEL

Libro de EzequielLibro de EzequielLibro de Ezequiel
Capitulo 1
Capitulo 17
Capitulo 33
Capitulo 2
Capitulo 18
Capitulo 34
Capitulo 3
Capitulo 19
Capitulo 35
Capitulo 4
Capitulo 20
Capitulo 36
Capitulo 5
Capitulo 21
Capitulo 37
Capitulo 6
Capitulo 22
Capitulo 38
Capitulo 7
Capitulo 23
Capitulo 39
Capitulo 8
Capitulo 24
Capitulo 40
Capitulo 9
Capitulo 25
Capitulo 41
Capitulo 10
Capitulo 26
Capitulo 42
Capitulo 11
Capitulo 27
Capitulo 43
Capitulo 12
Capitulo 28
Capitulo 44
Capitulo 13
Capitulo 29
Capitulo 45
Capitulo 14
Capitulo 30
Capitulo 46
Capitulo 15
Capitulo 31
Capitulo 47
Capitulo 16
Capitulo 32
Capitulo 48

Ezequiel

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¿Quien fue Ezequiel?

¿Cómo puedes enfrentarte a un mundo extraviado? Ezequiel, destinado a comenzar el ministerio de su vida como sacerdote a la edad de treinta años, fue sacado de su país y llevado a Babilonia a la edad de veinticinco años. Por cinco años se debatía en la desesperación. A los treinta años una visión majestuosa de la gloria de Yahvé cautivó su ser en Babilonia. El sacerdote/profeta descubrió que Dios no estaba confinado a las severas restricciones de su tierra natal. Él se dio cuenta de que personalmente, no contaba con nada para ayudar a los cautivos en su amarga situación, pero estaba convencido de que la Palabra de Dios les hablaba sobre su condición y podía darles la victoria en ella. Ezequiel utilizó varios métodos para comunicar la Palabra de Dios a su pueblo. Utilizó el arte, al dibujar una representación de Jerusalén, y acciones simbólicas y conductas inusuales para asegurarse la atención de la gente. Se cortó el pelo y la barba, para demostrarles lo que Dios le haría a Jerusalén y a sus habitantes.

En el 597 a. C., Nabucodonosor, rey de Babilonia, realizó una campaña contra Jerusalén. El rey Joaquín se rindió después de soportar un breve asedio y tuvo que pagar un pesado tributo. Como consecuencia de esta primera invasión, el reino davídico no quedó destruido, pero sí considerablemente diezmado. En efecto, con el fin de reafirmar su soberanía sobre Judá, Nabucodonosor destituyó a Joaquín y lo llevó cautivo a Babilonia con varios miles de deportados, entronizando en su lugar a Sedecías. Entre las víctimas de aquella primera deportación se encontraba un sacerdote de Jerusalén, llamado EZEQUIEL, nombre que significa “Dios es fuerte”, o bien, “Que Dios fortalezca”. El lugar de su destierro fue una colonia de exiliados instalada en Tel Aviv, población situada junto al río Quebar, en las cercanías de Babilonia. Allí vivía acompañado de su esposa, cuando tuvo la deslumbrante visión que lo convirtió en profeta del Señor. A partir de ese momento, ejerció su actividad profética a lo largo de más de veinte años, entre el 593 y el 571 a. C.

La pertenencia de Ezequiel a la clase sacerdotal dejó una huella profunda en su mensaje. Así lo manifiestan su interés por las instituciones cultuales, su preocupación por separar lo sagrado de lo profano, su horror por las impurezas legales y su competencia para resolver casos de moral y derecho, función esta específica de los sacerdotes. Pero su máxima preocupación es el Templo, ya sea el Templo presente, contaminado por toda suerte de ritos idólatras, ya sea el Santuario de la nueva Jerusalén, donde la Gloria del Señor habitará para siempre y cuyo diseño él describe minuciosamente. El pensamiento y el estilo de Ezequiel están hondamente arraigados en la tradición sacerdotal, así como los de su contemporáneo Jeremías reflejan cierta influencia de la corriente “deuteronomista”.

Sin embargo, Ezequiel fue ante todo un profeta. El Señor lo estableció como “un presagio para el pueblo de Israel”, y él puso en evidencia ante los
exiliados en Babilonia que había “un profeta en medio de ellos”. Su función fue semejante a la del “centinela”, encargado de dar el grito de alerta ante
la inminencia del peligro y, al mismo tiempo, responsable de aquellos que se perdían por no haber sido alertados oportunamente.

A través de sus escritos, Ezequiel se manifiesta como una personalidad sumamente desconcertante. El lector queda desorientado ante sus sorprendentes acciones simbólicas, ante sus posturas extravagantes y sus transportes extáticos. Estos mismos elementos ya habían aparecido en otros profetas anteriores a él. Pero mientras que Oseas, Isaías o Jeremías se valen de ellos con cierta discreción, Ezequiel parece complacerse en emplearlos hasta resultar chocante. Por ese modo de proceder, se lo ha tachado de “excéntrico” e incluso se ha pensado que padecía de ciertas perturbaciones síquicas. Lo cierto es que poseía un genio excepcionalmente sensible e imaginativo, a la vez que complejo y paradójico. Era un “visionario” en el mejor sentido del término.

Pero eso no le impedía expresarse a veces con la fría precisión de un jurista y la sutileza de un casuista o bien detenerse minuciosamente en la seca
enumeración de detalles arquitectónicos. El libro de Ezequiel aparece a primera vista como un conjunto sólidamente estructurado. Después de la introducción dedicada a relatar la vocación del profeta, siguen cuatro partes que tratan temas bien definidos. Dentro de este plan lógico, es fácil descubrir algunas repeticiones, interrupciones bruscas y ampliaciones, debidas en gran parte al trabajo redaccional de los discípulos del profeta, que dieron al Libro su forma definitiva.

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