REINO DE DIOS

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REINO DE DIOS o REINO DE LOS CIELOS.

Se trata de la esfera en la que Dios reina, en la que Su voluntad es respetada y cumplida. De principio a fin de la Biblia se presenta el Reino de Dios en siete fases sucesivas.
(a) El paraíso.
Creador del universo, Dios es asimismo su Rey glorioso (Sal. 10:16; 24:1-2, 9-10; 29:10; 47:7-8;
93:1; Dt. 16:14). Él es el Rey de las naciones, el Soberano del mundo entero. El paraíso era una teocracia donde Adán había sido llamado a dominar sobre los animales y a dominar la tierra, en estrecha dependencia de Dios (Gn. 1:28; 2:15- 17). Por el pecado, el hombre se apartó voluntariamente de su sometimiento al Señor, poniéndose bajo el imperio del diablo. Es por usurpación que Satanás vino a ser el príncipe de este mundo, llegando a poseer todos sus reinos y la gloria de ellos (cfr. Lc. 4:5-6). Desde aquel momento, toda la obra de Dios a través de la historia tiende a la restauración del reino perdido, y a la vindicación de Su justicia, sobre bases perfectas e inamovibles.
(b) La teocracia en Israel.
Dejando de lado, provisionalmente, a las naciones después de Babel, Dios se suscita un pueblo escogido, que sea para él «un reino de sacerdotes» (Éx. 19:4-6). El mismo Señor es el juez, legislador, Rey y salvador de Israel (Is. 33:22; 44:6). Rige por medio de Moisés y de los jueces, sus sucesores. Llega después el momento en que el pueblo reclama a Samuel un soberano humano falible, prefiriéndolo al Rey divino, santo, temible y formidable (1 S. 8:4-9, 17-20).
(c) El Reino de Dios, anunciado por los profetas. En el momento en que desaparece la teocracia estricta, el Señor anuncia su restablecimiento de una manera mucho más gloriosa. Un día, el Hijo de David ocupará el trono eternamente (2 S. 7:15- 16). Nacerá de una virgen, en Belén, sufrirá para expiar los pecados, y establecerá el reino universal de justicia y de paz sobre la tierra, y después en los nuevos cielos y en la nueva tierra (Is. 7:14; Mi. 5:1; Is. 53; 2:1-4; 11:1-10; 65:17-25; Sal. 2:6-9; 72:8, 11).

(d) El Reino, ofrecido y rechazado en la primera venida de Cristo.
Desde Su nacimiento, Jesús es presentado como rey (Mt. 2:1-6; Lc. 1:32, 33). Juan el Bautista y Él mismo anunciaron a los judíos que el reino de los cielos se había acercado (Mt. 3:2; 4:17; 12:28; Lc. 10:9), que estaba «en medio de ellos» (Lc. 17:20- 21). Es como Rey que Jesús se presenta en Jerusalén (Mt. 21:4-9; Lc. 19:38); también es rechazado en su carácter de rey por Su propio pueblo (Lc. 19:11-14; Jn. 18:37; 19:15, 19-22).
(e) El Reino de Dios, escondido en los corazones. Su carácter en la actualidad lo describe Juan con estas palabras: «El reino y… paciencia de Jesucristo» (Ap. 1:9). Habiendo sido rechazado, el reino, en su aspecto visible y glorioso, es retirado por ahora. Cristo ha partido «para recibir un reino y volver» (Lc. 19:12). En Su ausencia se desarrolla el período de la Iglesia, caracterizada por «los misterios del reino de los cielos» (Mt. 13:11). En efecto, el período de la Iglesia, y su misma existencia, presentan aspectos desconcertantes, que precisan de una revelación especial. Tiene su comienzo en Pentecostés, y la entrada en este reino espiritual es por el nuevo nacimiento (Mt. 16:28; 11:11-12; Jn. 3:3, 5; Col. 1:12-13; Hch. 20:24-25). Las parábolas «del reino» ilustran la mezcla de bien y mal que caracteriza a la presente dispensación. Como ejemplo se puede tomar la parábola de la cizaña (Mt. 13:24-30, 36-43): Cristo hace una siembra en el mundo, poniendo en él a «los hijos del reino»; por su parte, el diablo pone entre ellos a «los hijos del maligno». En Su paciencia, el Señor los deja subsistir juntos hasta el momento de la siega; se debe enfatizar, sin embargo, que la presencia de los «hijos del maligno» tiene lugar en «el campo», que es el mundo (Mt. 13:38), no en la Iglesia. Esta tiene que ejercer una estricta disciplina (Mt. 18:15-17; 1 Co. 5:11-13). Este periodo acabará en un juicio.
Un gran error frecuentemente cometido ha sido el de confundir el presente periodo con el del glorioso reino venidero. Con frecuencia, las Iglesias poderosas y establecidas en el mundo han querido identificar su período de dominio con el del Reino de Dios, que sólo podrá ser establecido de una manera autoritaria y visible por el retorno personal y en gloria del Señor Jesucristo. Debido a la identificación del Reino con la Iglesia, se ha intentado poner fin a las «herejías», reales o supuestas, mediante el hierro y el fuego. Se ha querido imponer la autoridad de la Iglesia mediante medios mundanos y carnales, como la alianza del trono y el altar, las maniobras políticas,

el poder temporal y la riqueza eclesiástica. En nuestro tiempo presente se está desarrollando a su vez una «teología de la liberación» que pretende poner a la Iglesia al servicio de los pobres, apoyando las revoluciones guerrilleras y campesinas, asumiendo muchos postulados del llamado «liberalismo teológico», en lugar de tener en cuenta el llamado del apóstol Santiago a la paciencia frente a todas las injusticias, esperando la venida del Señor, el único con derecho y capacidad personales para juzgar y establecer la justicia en la tierra (cfr. Stg. 5:7 y vv, anteriores). En suma, todas estas tendencias olvidan el carácter de gracia y de paciencia de Dios, no de juicio y poder, de esta presente era. Se olvida que en la ausencia del Rey divino, la Iglesia, Su esposa, comparte Su humillación y rechazo por parte del mundo. Y por ello es asimismo la pequeña manada a la que el Padre le ha placido dar el Reino (Lc. 12:32; cfr. 2 Ti. 2:12). Será a la venida del Señor, pero no antes, que se sentará con Él en Su trono.
(f) El Reino glorioso,
establecido sobre la tierra durante mil años (Ap. 20:1-10). (Véase MILENIO.) Entonces se cumplirán las promesas de los profetas. Esta era finalizará con la destrucción de la tierra y de los cielos y con el Juicio Final (Ap. 20:11-15).
(g) El Reino eterno.
Después del triunfo final y definitivo del Señor, se establecerá el estado eterno en el que Cristo entregará el Reino al Dios y Padre, después de haber suprimido, durante Su reinado y victoria final, todo poder hostil (cfr. 1 Co. 15:24-26), para que «Dios sea todo en todos» en unos nuevos cielos y nueva tierra en los que morará la justicia (cfr. 2 P. 3:13) (Cfr. asimismo Dn. 7:14, 27; Ap.
22:3-5; 2 Ti. 4:18).