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PARABOLA

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PARABOLA

Uno de los métodos del arte de la oratoria para ilustrar una verdad moral o religiosa mediante una comparación extraída de la vida corriente. No hay límites estrictos entre la parábola, la similitud y la metáfora, aunque estas últimas son más breves que la parábola:
Metáfora: «Vosotros sois la luz del mundo. » Similitud: «Como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca.»

Parábola: «El reino de los cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer, y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo fue leudado» (Mt. 13:33).
La parábola tiene grandes ventajas. La verdad presentada de esta forma queda más grabada en la memoria que una mera exposición didáctica: ninguna enseñanza acerca de la misericordia del Señor hacia los pecadores arrepentidos habría producido el efecto de la parábola del hijo pródigo (Lc. 15:11-32). Por otra parte, cuando un profeta o predicador debía reprender a un personaje importante que no fuera a aceptar su culpabilidad, podían usar una parábola habilidosa para cautivarlos e iluminar su conciencia. El profeta Natán se sirvió de una parábola para reprochar a David su adulterio con Betsabé y el asesinato del marido de ella, Urías heteo.
Principales parábolas del AT:
Los árboles eligen un rey (Jue. 9:8-20); la oveja del pobre (2 S. 12:1-14);
la viuda con dos hijos, uno de los cuales había dado muerte al otro (2 S. 14:4-20);
el soldado que deja escapar a su prisionero (1 R. 20:35-42);
el cardo que pide como esposa para su hijo a la hija del cedro (2 R. 14:9-11);
la viña (Is. 5:1-7);
dos águilas y una viña (Ez. 17:1-10); los leoncillos (Ez. 19:1-9);
Ahola y Aholiba (Ez. 23:1-49); la olla hirviente (Ez. 24:1-14).
Así como en el AT el término que denota una parábola es «mashal», «una similitud», y puede significar asimismo un «proverbio», en el NT es
«parabolê», que viene a denotar «una comparación».
Del ejemplo de las parábolas en el AT se ve que suelen precisar de un expositor. El Señor afirmó en una ocasión que Él hablaba en parábolas a fin de que la multitud «no» comprendiera Su enseñanza (Mt. 13:10-16). La razón de ello es que ellos ya habían virtualmente rechazado a su Mesías, y no estaban por ello en una condición moral para recibir enseñanza. Así, el Señor, actuando como expositor, explicó en privado el significado de las parábolas a Sus discípulos, porque a ellos sí les era dado conocer «los misterios del reino» (Mt. 13:11). Sin embargo, algunas de las parábolas del Señor son tan aguzadas y claras que fueron comprendidas por Sus mismos enemigos, como indudablemente era Su intención (cfr. Mt. 21:33-46).
Del mismo hecho de que el Señor relacione «los misterios del reino» con las parábolas que

pronunció, se puede tener la certeza de que hay mucha instrucción que puede extraerse de ellas si se interpretan rectamente. Se precisa para ello de la conducción del Espíritu, lo mismo que para cualquier otra sección de las Escrituras.
En la tabla que se da se podrá ver que algunas de las parábolas han sido registradas sólo por Mateo; dos «similitudes» se hallan sólo en Marcos; hay varias parábolas que sólo son dadas por Lucas; ninguna de ellas ha sido registrada por Juan. Hay razones divinas para esta disposición y es indudable la armonía cuando se considera el carácter de cada uno de los cuatro Evangelios.

Algunas de las parábolas aparecen en grupos.
Un caso es el de Mt.13, donde aparecen siete parábolas, cuatro de las cuales fueron pronunciadas a oídos de la muchedumbre, y tres de ellas en privado a los discípulos. La primera es introductoria, la del sembrador. El Señor vino en busca de fruto, pero al no hallarlo reveló que había estado sembrando «la palabra del reino», explicando que gran parte de la semilla no había producido fruto. Las siguientes tres parábolas exponen el aspecto externo del reino durante la ausencia de Cristo, aquello que el hombre ha hecho de dicho reino. La segunda es la del trigo y la cizaña. El Señor había sembrado la buena semilla, pero Satanás sembró en el acto su semilla mala, y ambas tienen que crecer juntas hasta el fin de la edad. La tercera es la de la semilla de mostaza. Crece hasta llegar a ser un árbol lo suficientemente grande como para que las aves (que en la parábola del sembrador son las que arrebatan la buena semilla en el corazón) se cobijen en sus ramas. La cuarta es la de la levadura. Una mujer escondió levadura (siempre un símbolo de lo que es humano, y por ende pecaminoso, debido al pecado en la carne) que se difundió sin ser vista en tres medidas de harina, hasta que todo quedó leudado.
Después, Jesús despidió a la multitud, y explicó en privado a sus discípulos la parábola del trigo y la cizaña, añadiendo a continuación unas parábolas que exhiben el objeto e intención divinos en el reino. La primera de este segundo grupo es la del tesoro escondido, para obtener el cual un hombre compra el campo en el que se halla escondido. La segunda es la de la perla de gran precio. El mercader busca perlas buenas, y habiendo hallado una perla de gran precio, vende todo lo que posee para obtenerla. Cristo renunció a todo lo que le pertenecía como hombre y como Mesías en la tierra, a fin de poder poseer la Iglesia. La tercera es la parábola de la red, que reúne del mar de las

naciones lo bueno y lo malo, como lo ha hecho el Evangelio en la cristiandad. Cuando la red es sacada a tierra, lo bueno es separado de lo malo; así, al fin del siglo, los ángeles (según el Señor añade en su exposición) apartarán los malos de entre los justos, y los malos serán echados en el horno de fuego.
Otro grupo de parábolas es el de Lc. 15. Se podría decir también que se trata de una sola parábola que consta de tres secciones (cfr. Lc. 15:3). Con ella se da contestación a la acusación dirigida contra el Señor: «Éste a los pecadores recibe, y con ellos come.»
(a) La oveja perdida fue seguida por el pastor hasta que fue hallada.
(b) La moneda perdida. La moneda quedó perdida en la misma casa, así como muchas personas estaban perdidas a la vista de Dios a pesar de su profesión externa de ser hijos de Abraham (esto se puede aplicar a los muchos que en la actualidad están perdidos en el seno de la cristiandad). La moneda perdida fue buscada con una lámpara hasta que fue hallada. Era una moneda de precio, de plata.
(c) El hijo pródigo fue gozosamente recibido por el padre, que preparó una gran fiesta, con música y danzas, para celebrar el retorno del hijo perdido. Éste es el punto culminante: la celebración de la gracia. En los tres relatos, el gozo es de quien halla lo perdido. Es el gozo del cielo por la salvación de los pecadores perdidos.

Es indudable que el mejor método es el estudio de cada parábola, o de cada grupo de ellas, en su propio contexto, tal y como han sido dadas por el Espíritu Santo en la inspiración. Sin embargo, es también útil clasificarlas según las verdades comunicadas por ellas, y una de las clasificaciones hechas ha sido la siguiente:
(a) El rechazamiento de Israel:
Los dos hijos, de la que el Señor mismo da la interpretación (Mt. 21:28-32).
Los labradores malvados: Los dirigentes de Israel se hallaban entre los oyentes del Señor, y Él les explicó así la parábola: «El reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente (lit.: «a una nación») que produzca los frutos de él» (Mt. 21:33-46).
La higuera estéril: El Señor vino en busca de fruto a Israel, que representaba al hombre recibiendo el cultivo de Dios; no halló nada. Dio tiempo al arrepentimiento, pero la higuera no dio fruto, y tenía que ser talada. La destrucción de Jerusalén fue su tala real (Lc. 13:6-9).

(b) La introducción del reino y la oposición de Satanás a él:
El sembrador (Mt. 13:3-9, cfr. Mt. 13:18-23; Mr. 4:39; Lc. 8:58).
El trigo y la cizaña (Mt. 13:24-30).
El crecimiento de la semilla (Mr. 4:26-29). A pesar de la oposición de Satanás, Dios, en Su actuación secreta, hace que su semilla fructifique y dé fruto.
La levadura (Mt. 13:33; Lc. 13:20-21). El tesoro escondido (Mt. 13:44).
La perla de gran precio (Mt. 13:45-46), y la red (Mt. 13:47-50)
(c) La forma en que Dios introduce la bendición. En esta sección entrarían las siguientes parábolas: La oveja perdida (Mt. 18:12-13; Lc. 15:7).
La moneda perdida (Lc. 15:8-10). El hijo pródigo (Lc. 15:11-32).
Las bodas del hijo del rey (Mt. 22:2-14). Dios quiere dar honra a Su Hijo Los judíos fueron invitados a la fiesta de bodas pero no quisieron acudir Otros, los menospreciados gentiles, fueron invitados. Uno que no tenía el vestido de bodas (que no se había revestido de la justicia de Cristo), fue echado fuera. No se había dado cuenta de su incapacidad propia y de que sólo la salvación dada por Cristo podía valerle para ser apto de estar en la fiesta.
La gran cena (Lc. 14:15-24): La fiesta de la gracia celestial en contraste con los aspectos terrenos del reino de Dios Todos los que fueron invitados se excusaron no impedidos por cosas malas en sí, sino por cosas terrenas. Mostraron indiferencia ante la invitación llena de gracia que se les hacía. Algunos, los pobres y aflijidos de la ciudad, fueron introducidos, y otros obligados a entrar. Dios llenará Su casa.
El fariseo y el publicano (Lc. 18:10-14). El fariseo daba gracias a Dios que no era como los otros hombres, mientras que el publicano clamó pidiendo misericordia, y fue a su casa justificado antes que el otro.
Los dos deudores: A aquella mujer le fue perdonado mucho, y amó mucho: no le fue perdonado mucho porque amara mucho (cfr. Lc. 7:36-47).
El juez injusto (Lc. 18:1-8). Lo que el Señor presenta aquí es que tenemos «necesidad de orar siempre y no desmayar» (cfr. Lc. 18:1). Dios dará la respuesta en el momento adecuado y los elegidos de la tierra serán salvos.
Los obreros de la viña (Mt. 20:1-16). Aquí Dios pregunta, en Su soberanía «¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?» El hombre pretende esta libertad para sí mismo y en cambio murmura

contra la soberanía de Dios: «Muchos son llamados, mas pocos escogidos» (Mt. 20:15, 16). Nótese también que en esta parábola se da respuesta a la pregunta de Pedro en Mt. 19:27; el capítulo 20 prosigue el tema y muestra el espíritu de la gracia soberana en contraste con el espíritu mercenario del corazón del hombre.
(d) Las varias responsabilidades de los hombres. Aquí hallamos:
El buen samaritano (Lc.10:29-37). Esta parábola fue dada en respuesta a la pregunta de: «¿Quién es mi prójimo?» El Señor era verdaderamente el Buen Samaritano, y después de haber descrito el curso que Él había tomado, añadió: «Ve, y haz tú lo mismo» (v. 37).
El rico insensato (Lc. 12:16-21). La moraleja que se desprende de esta parábola es: «Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios» (Lc. 12:21).
El mayordomo infiel: Sacrificó el presente por el futuro, por lo que el dueño lo alabó, no por su injusticia, sino por su sabiduría (Lc. 16:143). El Señor aplica esta parábola de la siguiente manera:
«Ganad amigos por medio de las riquezas injustas (posesiones del mundo), para que cuando éstas os falten, os reciban en las moradas eternas.» Dar a los pobres es prestar al Señor, y hacerse tesoro en los cielos. El Señor exhorta así a sus oyentes a ser (a diferencia del mayordomo infiel) fieles en su administración de las riquezas de injusticia (que no pertenecen al cristiano a título de propiedad), a fin de que les puedan ser confiadas las verdaderas riquezas.
El rico y Lázaro (Lc. 16:19-31). Más que una parábola, es una historia. Nada se dice expresamente del carácter moral de estos dos hombres, aunque se deduce una gran insensibilidad y egoísmo por parte del rico (cfr. Lc. 16:20, 21). En el AT se había enseñado que la marca del recto debería ser la prosperidad externa (Sal. 112:2, 3). En el reino en su nueva fase, y en consecuencia al rechazamiento de Cristo, la posesión de las riquezas deja de ser señal del favor divino. Ésta era una necesaria lección para el judío. Es muy difícil que se salve un rico, pero a los pobres se les anunciaba el Evangelio (Mt. 11:5; Lc. 11:22). El pobre Lázaro fue llevado al seno de Abraham, y el rico fue a la perdición. En el otro mundo se invierten las condiciones del mundo presente. Aquí prosigue la enseñanza de la parábola del mayordomo injusto: el rico no estaba sacrificando el presente por el futuro. Se da también una vivida imagen de la inalterable condición de los perdidos.

El siervo inmisericorde (Mt. 18:23-35). Aquí se ilustra el gobierno de Dios, que no es invalidado por Su gracia. Se revela que Dios recompensará a Su pueblo según la forma en que ellos actúen hacia los demás (cfr. Mt. 7:2). Es indudable también que esta parábola tiene otra aplicación, teniendo que ver con los judíos y sus celos ante el hecho de que se muestre gracia hacia los gentiles. La deuda de éstos para con ellos es indicada como de cien denarios, en tanto que la deuda de los judíos hacia Dios es dada como de diez mil talentos. Pedro les ofreció el perdón divino en Hch. 3:19-26, pero la oferta fue rechazada, y su persecución de Pablo y de aquellos que llevaban el Evangelio a los gentiles demuestra que no podían perdonarles los cien denarios a los gentiles. Por ello se ven obligados a pagar hasta el último céntimo (cfr. Is. 40:2; Mt. 5:25, 26; 1 Ts. 2:15,
16).
Las diez vírgenes (Mt. 25:1-13). La explicación de esta parábola es sencilla. La actitud normal de los cristianos es que han salido a recibir al Esposo. Ésta era la esperanza de los apóstoles. Después de la época apostólica, todos, en cuanto a esta esperanza, se entregaron al sueño. Puede haber habido épocas de despertamiento, pero cuando sale la última llamada, aparece el hecho solemne de que hay los que sólo tienen una forma de profesión sin Cristo, carentes del Espíritu, lámparas sin aceite, que serán excluidos. Aunque esta parábola se puede aplicar en todo tiempo y lugar al estado de la cristiandad, tiene una especial aplicación a Israel (para una consideración más en particular, véase: Chafer L S «Teología sistemática» vol 1 p 1125, vol. II PP 135-581).
Los talentos (Mt. 25:14-30). Esta parábola es similar, en carácter, a la de las minas, pero en ésta los talentos son distribuidos a cada uno según su capacidad, de manera que uno recibe cinco, otro dos, y otro uno. Esta parábola sigue a la de las diez vírgenes, mostrando que mientras el creyente espera la venida de su Señor, tiene que estar utilizando fielmente los dones que le han sido confiados. En la parábola de las minas (Lc. 19:12-
27) se muestra que el Señor Jesús iba a dejar el mundo para recibir un reino, y que mientras tanto dejaba a cada uno de sus siervos una mina con la que negociar mientras durara Su ausencia. Todos los dones son para la gloria del Señor, y el siervo es responsable para con Él por su fiel utilización de ellos.

Se ha sugerido otra disposición de las parábolas principales, esto es, en tres grupos, que se

corresponden con diferentes períodos del ministerio del Señor:
(a) En su ministerio temprano, abarcando la nueva enseñanza relacionada con el reino, y la forma misteriosa que asume durante Su ausencia. Se extiende hasta Mt. 13 y Mr. 4. Estas parábolas se distinguen con facilidad en la tabla.
(b) Después de un intervalo de varios meses. Las parábolas son ahora de un tipo diferente, y extraídas de la vida de los hombres más que del reino de la naturaleza. Son dadas principalmente como respuestas a preguntas, no en discursos a la muchedumbre. La mayor parte de ellas aparecen solamente en Lucas, y se hallan situadas principalmente entre la misión de los setenta y el último viaje del Señor a Jerusalén.
(c) El último grupo de parábolas se da hacia el final del ministerio del Señor. Tratan del reino en su consumación, y tienen un carácter profético acerca del rechazamiento de Israel y de la venida del Señor.
Una de las importantes consecuencias que se pueden sacar del estudio de las parábolas es el hecho de la apostasía final de esta era de la cristiandad y el hecho de que la instauración final del reino de Dios en su aspecto eterno y universal vendrá por una intervención personal y directa de Cristo, en juicio y poder; en todo caso, el creyente debe aprender de ellas no un optimismo fácil, ni una expectativa de una conversión universal como anticipo de la venida del Señor, sino a esperar pacientemente y con constancia y oración, la venida del Señor, ocupado mientras tanto, en fidelidad a Él, en el desempeño fiel de las responsabilidades recibidas para Su gloria (cfr. Tit. 2:11-15).